La madrileña Nat Simons acaba de publicar Pregúntale a Sarah Connor (Calaverita Records 2026), un disco grabado en Nashville que suena tan orgánico como ambicioso y que refuerza su etapa en castellano.
Me reúno con ella en el madrileño barrio de Ciudad Lineal, en el callejón de Arkhan Storage de la librería Tomos y Grapas. Un fantástico espacio que emula un callejón del crimen de Chicago y que nos ceden amablemente para la entrevista y una sesión de fotos.
Entre anécdotas de moteles imposibles en Carolina del Norte, reflexiones sobre el cambio de idioma y una obsesión creciente por el sonido, Nat repasa un camino en el que ha tenido que recomponerse varias veces para llegar a ser, por fin, “la nueva yo”.
«Sarah Connor también puede ser un icono del rock and roll. Siempre se dice que el rock está muriendo, que es una especie en extinción, y sin embargo sigue ahí, resistiendo contra máquinas, algoritmos y tendencias»
La última vez que te entrevisté fue por Lights, tu disco grabado en Carolina del Norte. En la nota de prensa se hablaba de que vivías en un motel de carretera y siempre pensé que era un poco literatura promocional, como una licencia periodística, por llamarlo de alguna manera. ¿Cómo fue realmente aquella experiencia?
No, no era literatura, era un motel de carretera asqueroso. No tenía mucho dinero y mis músicos se asustaban cada vez que venían a recogerme: “¿En serio estás durmiendo aquí?”. Los españoles no sabíamos lo que era aquello; yo por lo menos no. Era otro planeta.
Cogí ese hotel pensando a la española: “el que está cerca del estudio”. Lo que no sabía es que el estudio estaba en lo que aquí sería o llamaríamos un polígono: solo llegas en coche, hay un McDonald’s, uno super enorme y poco más. Nosotros intentábamos ir andando del motel al estudio jugándonos la vida, cruzando carreteras sin pasos de cebra, como Paco Martínez Soria por Estados Unidos en la película “La Ciudad no es para mí”.
Los primeros días consistieron en investigar la zona, ir al súper y a una pizzería al lado del hotel. Hasta que terminamos de grabar y dijimos: “O alquilamos un coche o de aquí no nos movemos”. Era como un videojuego en el que, andando, no podías pasar de pantalla. En cuanto alquilamos el coche empezamos a ver lo que había más allá del estudio y de ese polígono.
¿Cuánto tiempo estuviste allí?
Un mes y medio. Entre la grabación, recorrer Carolina del Norte, visitar otras ciudades y unos días en Nueva York. Menos mal, porque si no nos quedamos atrapaos en ese polígono eternamente.
Ahora has vuelto a grabar en Estados Unidos, pero en Nashville, con Alex Muñoz. ¿Cómo fue esa experiencia en comparación con lo de Carolina?
Nada que ver. En Nashville íbamos con anfitrión, Alex, que ya vivía en una urbanización normal y nos llevaba en coche. Ahí éramos personas normales, no vagabundos. En Carolina del Norte los únicos que iban andando eran los vagabundos y nosotros.
Sí, conozco Estados Unidos y hay en ciertos estados y ciudades que en los que es así realmente. En Los Ángeles pasa lo mismo, la gente no va andando a ninguna parte.
Totalmente, algo desconocido para nosotros. Las dos experiencias fueron muy fuertes a nivel cinematográfico, muy peliculeras, y por eso me gusta grabar fuera. Pero Nashville fue otra cosa: más cómodo, más accesible, con alguien que conoce la ciudad y la escena.
Conociendo ya Estados Unidos, teniendo una banda consolidada aquí y con toda la gente que has colaborado, además cantando en español, ¿por qué sentiste la necesidad de irte otra vez allí a grabar allí?
La verdad es que yo no tenía pensado grabar en Estados Unidos. Estaba centrada en llamar a Víctor Cabezuelo, que había producido temas de Felinas que me gustaron mucho. Él no estaba disponible y, de repente, volvió a mi vida Alex Muñoz. Eso fue determinante.
Yo sabía que allí se graba increíblemente bien: tienen muy interiorizada una forma de grabar y tocar, y casi todo el mundo es muy bueno, incluso fuera del estilo americano puro. Mi estilo, aunque a veces tire a un rock más alternativo, suena muy yanqui. Mi miedo era justo ese, que sonara demasiado americana o demasiado country.
Es que es totalmente contradictorio irte a la capital mundial del Country a grabar un disco que no suene a Country. ¿no?
(Risas) Claro. Yo quería tener mi propia impronta, mi personalidad, y lo hablé mucho con Alex: “Aunque grabemos en Nashville, por favor, que no suene a country”. Y sí, es paradójico, irte al lugar más asociado al country para hacer un disco que huya de esa etiqueta.
Sigamos con un poco de historia. Tu cambio radical de sonido se percibe claramente con Felina. Ahí rompes la estética más americana y empiezas a cantar en castellano. ¿Qué pasó en ese momento?
En Felina yo quería quitarme etiquetas. Eso de “artista de género” te limita mucho y yo quiero ser mucho más que “la que hace americana” o “la de country”. Soy una persona que escucha muchos estilos; si me encierras en uno me aburro brutalmente. No sé si es por ser acuario, pero me gusta ser camaleónica, investigar y salir de mi zona de confort.
Con Felina se dio un paso más allá incluso de lo que yo tenía en mente. La electrónica vino por una decisión del productor, Edu de León Benavente. A mí su propuesta me pareció muy arriesgada. Mi management me dijo: “Tienes que confiar”. Él venía de otro universo de referentes y al principio hubo choque de caracteres: él quería llevarlo a un sitio y yo a otro. Al final los dos cedimos y eso fue lo bonito y donde nos encontramos.
Él me abrió puertas que yo nunca había abierto, como la electrónica, y yo le llevé al terreno guitarrero, llamando por ejemplo a Igor Pascual. Salió una fusión peculiar que podría haber acabado en algo que no me gustase, pero creo que funcionó.
Da la sensación de que ese giro descolocó a parte del público que te seguía desde la etapa más americana. Entre los que me incluyo.
Totalmente. El público que me seguía era muy de nicho, muy “azkenero”, muy americana y country. Yo les entiendo, yo también puedo ser así como oyente, que te gusta un rollo concreto. Pero yo no me quería quedar ahí.
Al principio fue un poco negativo: la gente decía “¿qué hace esta?”. Pero con el tiempo ha sido positivo. Se me empezó a escuchar desde otros mundos, por gente que consume más tipos de música, que está más abierta y no está con la escopeta cargada cada vez que saco disco.
A mí, por ejemplo, me gusta mucho Bowie o artistas que un día te sacan un disco acústico americano y otro día uno más punk o con electrónica. Yo no me asusto con eso y quiero que la gente tampoco se asuste conmigo. Prefiero que me sigan por quién soy, por mis canciones y mi esencia, no por un estilo cerrado.
Yo, que consumo mucha música en inglés, y cuando empezaste a cantar en español reconozco que me costó el cambio; luego, a base de escucharlo, me atraparon las letras. ¿A ti cómo te afectó ese paso?
Para mí fue como empezar de cero. Las primeras canciones en castellano no me gustaban, no me veía yo. Incluso al cantarlas me sentía rara, y creo que al público le pasaba un poco lo mismo. Fue un proceso gradual. Cada nueva canción me hacía sentir un poco más cómoda, pensaba: “Aquí me escucho mejor, aquí me encuentro más a gusto conmigo misma”. Pero han pasado años hasta sentirme realmente en casa.
Lo definitivo empezó con Felinas: temas como “Déjalo ser”, que produjo Víctor Cabezuelo, o “Pequeña guerrera”. Ahí dije: “Esta empiezo a ser yo, la nueva yo”. Con Lights había conseguido algo en inglés, y hasta Felinas no sentí que existiera esa “nueva yo” en castellano. Y Pregúntale a Sarah Connor es, de alguna manera, la consolidación de esa nueva etapa. Son mis letras, la forma en la que quiero expresar lo que tengo dentro, y ya me siento igual de cómoda en español que en inglés. No hablo de vergüenza, sino de orgullo con las letras y la composición.
¿Te pasa también que algunas canciones antiguas ya no las sientes tuyas?
Sí. La primera canción que saqué en castellano fue una adaptación de un tema mío en inglés, “Segunda piel”. Hay gente a la que le encanta y me la piden, pero yo no siento que sea yo. No por la producción, sino por cómo la canto.
Pero es que en directo ahora mismo, que yo sepa, ya no cantas ninguna canción en inglés. ¿Debemos pensar que ya esa etapa tuya ha pasado para siempre?
Es que, ahora mismo, como estoy presentando el disco nuevo, el repertorio en castellano se lo come todo. Hace unos meses todavía alternaba temas en inglés, pero según voy sacando canciones nuevas, es lógico que lo nuevo domine: todavía no tengo “clásicos”, así que lo que toca es defender el presente.
Volviendo a temas de producción y de trabajo en Pregúntale a Sarah Connor. El disco suena muy orgánico, nada artificial, pero al mismo tiempo muy cuidado. ¿Esto lo llevabas decidido desde España o se fue definiendo allí?
Yo sabía que quería un disco orgánico, pero no imaginaba que tanto. Hemos tirado la casa por la ventana. Llegó un punto en que pensé: “Si está todo tan bien hecho, tiene que estarlo hasta el final”. Eso implica dinero. Si vas a trabajar con un equipo de élite, no tiene sentido meter unas cuerdas de mentira. Decidimos llamar a músicos de verdad: cuartetos de cuerda, saxos… Es caro, pero cuando escuchas el resultado se nota muchísimo. Y Alex allí conoce a gente muy grande, lo que facilita encontrar a músicos con gusto, que saben exactamente dónde meterse y qué tocar.
Se nota también una idea clara de “sonido de disco”. ¿Qué tenías clarísimo que no podías sacrificar?
Yo le repetía a Alex: “Este disco tiene que sonar atemporal”. No quería que sonara “a ahora”, ni tampoco retro a propósito. Pensábamos en discos tipo Tom Petty o Rumours de Fleetwood Mac: los escuchas décadas después y podrían haberse grabado hoy, son producciones por las que no pasan los años.
Quería un hi?fi bonito, con calidad, pero no ese hi?fi de escuela de pop comercial actual. Este es el disco de mi vuelta con mis canciones propias, en mi idioma, con una producción en la que confío totalmente. Es el disco que me gustaría ponerme yo como fan de otra banda. Y Alex lo entendió: él también se lo tomó como “vamos a intentar hacer el mejor disco de tu carrera”.
Mira, el otro día lo escuchamos casi entero en la tienda de discos de un amigo, en un equipo muy bestia; y sonaba increíble. Coincidimos los tres que estábamos allí en decir que el sonido era brutal. ¿No te da rabia pensar que la mayoría la gente lo oirá en móvil o en Spotify a medio gas?
Justo por eso quería que sonara tan bien. Sé que la gente lo escucha “malamente” muchas veces: móvil, auriculares cutres… Y, aun así, si está muy bien grabado, hasta en esos formatos se sostiene. Si la mezcla es solo “correcta”, ahí sí que se pierde todo. Cada vez me vuelvo más maniática con el sonido. Me interesa entender por qué unas mezclas suenan de una manera y otras de otra, qué pasa con los bits, con las calidades de plataformas, con Spotify… Pero da un poco de vértigo convertirse en esa persona obsesionada con todo. Aunque también es verdad que cuanto más sé, más herramientas tengo para decidir qué quiero y qué no cuando trabajo con productores.
Tus guitarras también forman parte de tu identidad. En la Sala Changó estrenaste una ligada a Diego Vila, construida ad hoc para ti. Preciosa, por cierto.
Gracias. Si recuerdas la Yamaha azul que tenía antes, fue la guitarra de la etapa Felinas. Estética y sonoramente estaba muy ligada a aquel personaje: más oscuro, negro y azul, un rock más sombrío, casi de cómic, tipo Catwoman, Suzi Quatro… Quería que esa guitarra se quedara asociada a esa época y que, al cambiar de etapa, también cambiara el instrumento que me representa.
Ahora, con Pregúntale a Sarah Connor, hay un giro fuerte: el traje, los colores, la luz… y también la guitarra. Pensé que me quería hacer un traje totalmente diferente, muy americano, pero a la vez español, ya que canto todo en castellano.
Incluso la forma de la guitarra está pensada, todo tiene coherencia. Me parecía muy bonito que tanto el traje como la guitarra fueran construidos exclusivamente para mí, esa guitarra solo existe una, y ese traje solo existe uno. No hay más copias. Hay algo muy emocionante en esa sensación de pieza única.
Es un espíritu muy artesano, y eso atraviesa todo el proyecto, el disco, la portada, las fotos… La foto de la cubierta la hizo Esther Galván, el diseño lo hizo Daniel Pueyo, que es el hermano de Anchel Pueyo Solana, con quien he escrito muchas canciones. Si te fijas, este disco y toda su estética están hechos a la antigua, todo artesanal, como se hacían antes las cosas, con un concepto muy claro detrás.
Bowie también trabajaba así: se construía sus propios trajes, sus personajes, todo un universo alrededor de cada disco. Me gusta recuperar un poco esa idea del pasado, ese trabajo artesanal y detallista en la imagen y en la música, en un momento en que muchas cosas tienden a ser rápidas y copiables.
Por eso, la Austral de Diego Vila que has visto es una guitarra diseñada ad hoc, pensando en este momento, muy llamativa, con esa mezcla de tonos envejecidos y brillo, y con un sonido que me permite moverme entre la parte más rock y la parte más melódica del repertorio nuevo.

El título del disco remite a Sarah Connor de la saga Terminator. Un personaje que pasa de chica normal, e incluso a asustada, a guerrera absoluta y protagonista total. ¿Qué te interesa de ese personaje?
Sarah Connor tiene un arco de personaje brutal, pasa de ser una mujer normal, asustada, a convertirse en una heroína entrenada para el combate. Me interesa esa transformación, esa dureza que nace de estar constantemente al borde del abismo. Creo que muchas mujeres de nuestra generación se pueden ver ahí. También me siento parte de una generación que ha vivido en crisis permanente, salías de la universidad y ya había una crisis, luego otra, y otra… Ese estado de confrontación continua, de incertidumbre, al final se convierte casi en zona de confort. Y si vas a vivir en crisis hagas lo que hagas, mejor dedicarte a algo que te importa de verdad.
Como que, en la música, aunque también en otros ámbitos de la sociedad, las mujeres tenéis que demostrar siempre más.
Eso es, tenemos que demostrar más, como que no se nos cree. Entonces, me parece un personaje muy interesante, como referente para nosotras y que a lo mejor yo de pequeña eso no lo veía, porque era muy niña y veía más lo que era el concepto de película. Sin embargo, ahora lo pienso y digo: «Joder, qué personaje tan interesante, ¿no?” Y qué giro de personaje tan brutal, de ser, pues la típica damisela indefensa que tiene que venir a defenderla un tío o una máquina y al final ella es la reina.
También podríamos decir que Sarah Connor es un símbolo de resistencia, ¿no?
Eso es. Lo potente es que ahora cobra un sentido muy distinto al que habría tenido hace diez años. Por ejemplo, estamos entrando en una época en la que la inteligencia artificial está sustituyendo trabajos humanos, en la que hay una sensación real de amenaza tecnológica, y de repente la metáfora de Terminator deja de ser ciencia ficción simpática para parecer casi un documental adelantado a su tiempo. Ya no hablo solo de feminismo o de lo que venía arrastrando desde Felina, hablo a nivel social: de la sensación de que hay algo deshumanizador avanzando, y de que tenemos que defender lo humano.
Por eso para mí Sarah Connor también es un icono del rock and roll. Siempre se dice que el rock está muriendo, que es una especie en extinción, y sin embargo sigue ahí, resistiendo contra máquinas, algoritmos y tendencias. Sarah representa esa resistencia, lo humano, lo orgánico, lo que se niega a desaparecer, aunque todo apunte en su contra. Me gusta porque tiene muchos niveles de lectura y mucha gente se puede sentir identificada: no solo mujeres ni solo rockeros, sino cualquiera que sienta que está defendiendo algo suyo frente a una maquinaria enorme.
El disco se abre con “Delorean”, otra referencia cinematográfica que, cualquiera que sea aficionado al cine o a la cultura pop, puede sentir también como una referencia propia. ¿Qué significa el cine para ti y qué papel juega en tu vida y en tu música?
Yo he heredado el gusto por el cine de mi madre. Es una mujer que creo que se ha visto todas las películas del mundo, no solo las comerciales “palomiteras”, también cine francés, cine de autor, películas más raras. De hecho, antes de dedicarme a la música pensaba que iba a trabajar en algo relacionado con el cine, quise estudiar cine, o arte dramático, o incluso Bellas Artes. Al final fue el escenario, empezar a componer y esa sensación de estar comunicándome de forma muy fiel lo que me atrapó en la música, pero el cine siempre ha estado ahí.
Me gustan muchas cosas, pero tengo una debilidad especial por las road movies y por cierto cine de los ochenta y noventa. Películas como Paris, Texas o Badlands me parecen muy inspiradoras a nivel visual, de dirección de arte y fotografía. Cuando componía mis primeros discos, como Home o Lights, muchas veces componía literalmente mirando imágenes de películas, como si estuviera haciendo una banda sonora, ponía un fotograma o una escena y escribía sobre eso.
Para mí el cine y la música van juntos; no entiendo uno sin el otro. Mi sueño absoluto sería dirigir alguna vez una película y hacer también su banda sonora, cerrar ese círculo entre lo que veo y lo que escucho.
«Me interesa esa transformación del personaje de Sarah Connor, esa dureza que nace de estar constantemente al borde del abismo. Creo que muchas mujeres de nuestra generación se pueden ver ahí»
Regresando al Delorean, que no al futuro (risas) ¿Qué haría Nat McFly (te acabo de cambiar el apellido) si se montase en él y viajase al pasado? O mejor ¿Qué le diría Nat McFly a la Nat del pasado?
Pues no diría nada porque puedo cambiar el presente y el futuro, al menos eso nos ha enseñado la trilogía de Back to the Future.
Vale, entiendo. Estamos totalmente condicionados por esa maravillosa trilogía y todos los viajes en el tiempo los vamos a ver en ese sentido. Pero imagina que te encuentras con ella y la tienes que decir algo, algo que no cambie el futuro. Vamos.
Lo que le diría a mi yo del pasado es, «abróchate el cinturón y disfruta del viaje en esta montaña rusa que es la vida, que va a ser divertidísimo, vas a vivir cosas que en tu vida hubieras ni imaginado, déjate llevar incluso cuando tengas vértigo o dudas”
Buena respuesta Nat. Por último: ¿Sientes que este disco te coloca por fin en el lugar artístico en el que querías estar, o eso no te preocupa tanto?
Más que pensar en un “lugar artístico” concreto, siento que por fin he encontrado la dirección que quería. Es un punto de partida en el que las canciones, el sonido y el estilo me definen muy bien y eso para mí era lo importante. Ahora lo que toca es seguir trabajando para hacer más canciones en esta línea, seguir construyendo desde este sitio en el que me siento tan identificada y tan a gusto.
Creo que la dirección es muy buena, me siento orgullosa y siento que el disco es muy fiel a quien soy. En ese sentido, sí, este es el lugar donde quiero estar ahora mismo. Pero a futuro prefiero dejarme llevar y ver adónde me lleva todo esto. Ya veremos qué dice mi yo del futuro, que igual es un poco Sarah Connor (risas).
Próximos conciertos de Nat Simons
29 mayo – Sevilla – Sala X (AIE)
5 junio – Bilbao – Kafe Antzokia (con Aurora Beltrán)
6 junio – Iruña/Pamplona – Zentral (con Aurora Beltrán)
08 Julio- Córdoba– FESTIVAL DE LA GUITARRA- (con Aurora Beltrán)
05 agosto- Aranda (Burgos) – SONORAMA
12 septiembre- Lleida-TALARN FEST- (con Aurora Beltrán)
Escucha ‘Pregúntale a Sarah Connor’ de Nat Simons
Fotos Nat Simons: Fernando del Río