Una tarde con Cabezal de máquina. El nombre de la gira con la que los californianos reparten su historia, como si de una retrospectiva suya se tratase, no lleva al engaño. Durante casi tres horas, una de las bandas esenciales de aquella aberración que es el acrónimo NWOAHM se despacha a gusto, a su mayor gloria, pero, también y más fundamental, a la de sus acólitos. Es un periplo en el que casi sin respiro los temas van apuntalando esa idea genérica de repaso, pero también como símbolo de que sus propuestas han deambulado con éxito por numerosos subgéneros y de que siguen siendo válidas.

“Imperium” ha sido la piedra de toque elegida durante la gira para comenzar a demostrar esa preeminencia: sirve para calentar, pero también para indagar en las posibilidades sonoras del roce ahora metal de “Ten Ton Hammer” o del devaneo trash de “CHØKE ØN THE ASHES ØF YØUR HATE”. Robert Flynn lleva media vida en esto y es plenamente consciente de la evolución del espectáculo, pero en su afán de ordenar la formación de un hoyo circulara veces se transforma en un tecepé de aerolínea. Todo sea por ofrecer lo que requieren las cámaras que trabajan en su archivo y posterior difusión. Más allá de la anécdota cultural metalera patria, se agradece el constante cambio de ritmo y su disposición vocal a lo que pida el registro.
Se formará una bendita amalgama de los estilos históricos de la banda, con una columna vertebral que lo mismo recoge “Now We Die” o la celebradísima “Is There Anybody Out There?”. Sirve también en ese sentido “A Thousand Lies”, una de esas cuestiones históricas que calientan rápido al público con esos punteos de viejas épocas que le dan una personalidad aguda y que convive sin problemas con “Seasons Wither” y su contundencia rítmica. Si la velada tuvo un momento de inflexión fue la eterna (sí, en sentido polisémico) “SLAUGHTER THE MARTYR” y esa parafernalia vocal y de imagen proyectada. Todo acompaña a un eco de efectos pregrabadas, quizá necesarios, para que la voz de Flynn orquestase sus punteos.

Pero no es el único en ese campo, porque sus correligionarios en el escenario abarcan sin problema todo ese rango de cuerdas y percusión necesaria para el viaje. Cabezal de máquina se desliga entonces con una votación: “Aesthetics of Hate” o la prevista en el folio pegado con esparadrapo “Blood for Blood”. La soberanía popular arrancó de cuajo ese papel y optó por la alternativa, por mucha vuelta que quisiera dar el norteamericano. Lanzados al basura del tema de El ennegrecimientose encadenó con la contundencia de “Game Over” y de “Old” y, de paso, con la efervescencia de un público que atisbaba una cena pantagruélica.
Inmersos ya en esta dinámica, el tiempo pasa sin prisa y con muy poca pausa, y ejerce también de arquitecto de esa propuesta que quiere —y logra— abaracar todo. Comienzo melódico para ruptura en brincos de “Outsider” o esos acordes distintivos que merodean “Locust” y sus clásicos y virtuosos riffs. Nada se escapa en ese segmento alargado y definido.

En los detalles de la selección se dan cita hacia el final de la velada temas recientes como “Circle the Drain” con esa clase media cronológica que representa “From This Day”, “Catharsis” o “Darkness Within”. Pero todo queda a la sombra de ese momento llamado “Davidian”, que no fue el último, porque para eso estaba “Halo” y su eterna juventud, pero que, en pareja, urdió una tarde que se quedó en memorable noche.
Fotos Machine Head: Fernando del Río