SPRINTS estaban llamados a convertirse en una de las referencias fundamentales de la nueva ola de post-punk y sonido cochera a nivel mundial. Su potente debut, Carta a uno mismo (24), tuvo la suerte de ser publicado al inicio de su ejercicio musical, cosa que siempre favorece para que las audiencias y los medios más ávidos de nuevas sensaciones pongan el foco sobre los artistas que llevan a cabo este movimiento.
Desafortunadamente, Todo eso ha terminado (25), su flamante segundo trabajo, mucho más amplio y rico desde mi punto de vista, parece haber pasado mucho más desapercibido, lo que ha conllevado a dejar a la banda irlandesa en un discreto lugar en cuando a popularidad y bombo publicitario.
Poco nos importaba eso a las personas que nos congregamos el pasado viernes en la capital para descubrir si su incendiaria propuesta sonora se plasmaba con rotundidad sobre las tablas. Y debo decir que la sensación final fue, desafortunadamente, irregular.
El grandísimo hándicap lo provocó un sonido lamentable, especialmente en la primera parte del show. Al parecer, según algunas fuentes, la sala contaba con un limitador de potencia que lastró increíblemente el poderío eléctrico de SPRINTScondenando a que sólo batería y voz se escucharan con nitidez y volumen aceptable durante buena parte de la noche. De esta manera, la llegada al escenario con un pepinazo del calado de “Descartes” fue de las más desconcertantes y lacias recordadas en mucho tiempo.
No tardó demasiado la banda, al ser advertida por parte de la audiencia del denigrante sonido de las guitarras e intentar con ello ajustarlo convenientemente (nunca se consiguió del todo), jugar su principal bazo con brío y decisión. Y esta no fue otra que el tremendo carisma y la energía que inflige su líder Karla Chubb a las interpretaciones. Fue la artista, con su derroche y bajadas del escenario para iniciar ella misma pogos entre el público más desatado, quien levantó un concierto que parecía del todo condenado a morir ahogado.
De esta manera, a la altura de “Literary mind”, la cosa fue mejorando para desmelenarse definitivamente con “Up and corner”, sin duda dos de las cimas de su valorado debut. Desde ese momento, especialmente las joyas de su segundo largo, con más matices y balances, sonaron extraordinarias en la recta final del viaje; desde “Pieces”, el desenfreno absoluto de “Need”, una apropiada versión de el tigre“Deceptacon”, la intensísima y amenazante “Desire” –mejor momento de la velada para quien les escribe- y un guiño a sus inicios con “Little fix” para terminar un concierto que, por suerte, supieron levantar y dejar con un buen sabor de boca general a su parroquia de fans.
Foto SPRINTS: Raúl del Olmo