José González es, ante todo, una cuestión de matices. Un músico que siempre ha trabajado en los márgenes del tiempo. Musicalmente, poco parece haber cambiado desde que Veneer nos presentara su fórmula de guitarra rítmica y voz contenida.
Sin embargo, en su nuevo álbum demuestra que dentro de ese sonido aparentemente estático convive un universo en constante ebullición intelectual. Against the Dying of the Light no rompe con nada, pero sí amplía el campo de juego.
En esta charla para Muzikalia, José González nos desvela cómo las canciones nacen en la cocina de su casa mientras el resto duerme, su profunda conexión con el desert blues y, para sorpresa de muchos, su reciente alianza con la Inteligencia Artificial como herramienta creativa.
Un encuentro para entender por qué, en un mundo que corre demasiado rápido, su mayor rebeldía sigue siendo no tener ninguna prisa.
«No me preocupa que haya una sobreabundancia de lanzamientos. Eso solo te estresa si sientes la obligación de escucharlo todo. Si te quitas esa presión, sólo queda disfrutar; y cuanto más disfrutes, mejor»
Es un placer hablar contigo, José. Lo primero de todo, enhorabuena por el nuevo disco. ¿Cómo estás viviendo este momento?
Estoy muy contento. Han sido años de trabajo y, por fin, puedo sacarlo a la luz. Siento una especie de sensación primaveral, como si estuviera entrando la luz. Además, la acogida de los singles está siendo muy buena. «Perfect Storm», por ejemplo, es bastante distinta al resto, pero encaja en esa idea de ir soltando piezas diferentes para que, al llegar al disco completo, la narrativa sea mucho más variada.
En tu trayectoria, tanto en solitario como con Junip, siempre has dejado espacio entre disco y disco. En un mundo tan acelerado como el de hoy, eso parece casi un acto de resistencia.
Sí, es verdad. Al principio me resultaba algo frustrante porque intentaba componer más rápido y sentía la presión de quienes esperaban material nuevo. Pero con el tiempo le he cogido el gusto. Este ritmo me permite hacer giras más largas, visitar muchos lugares y dejar que la gente descubra las canciones con calma antes de pasar a lo siguiente. Al final es una mezcla: un poco de estrategia y, sencillamente, el resultado de ser un poco lento.
¿Cómo ves el panorama actual de la música?
La música es algo intrínseco al ser humano: cantar, usar cualquier objeto como instrumento… En ese sentido, no me preocupa que haya una sobreabundancia de lanzamientos. Eso solo te estresa si sientes la obligación de escucharlo todo. Si te quitas esa presión, sólo queda disfrutar; y cuanto más disfrutes, mejor.
Pero también está el tema de la inteligencia artificial. En Suecia ya ha habido un artista que entró en listas y luego se descubrió que estaba hecho por un grupo de gente desde Dinamarca, con promociones y todo, a partir de pronts. Ha pasado también en otros países, incluso en el Billboard 100. Es algo interesante ver cómo se va a integrar. Supongo que el futuro va hacia algún tipo de etiquetado de transparencia, algo que nos indique cuándo no hay realmente una persona, o una voz humana, detrás de lo que escuchamos.
Hay un estilo que siempre me ha fascinado que es la Library Music, sobre todo los compositores italianos. Últimamente, en plataformas como YouTube, la música instrumental ligada al ambient o al lo-fi se ha puesto muy de moda. El problema es que ahora es casi imposible distinguir si esas canciones las ha creado una IA o son artistas reales, al estilo de los Hermanos Gutiérrez.
Justo estuve con ellos cuando tocaron en Hamburgo. A mi modo de ver, esa evolución es inevitable. Cuando se crea música para usos funcionales, como publicidad, bandas sonoras o creadores de contenido que no pueden pagar royalties. Ese tipo de producción automatizada va a estar ahí. Pero, al mismo tiempo, a los humanos nos gusta estar con otros humanos. Muchas veces lo que buscamos es ver a una persona de carne y hueso tocando o cantando. Puede haber hologramas en los conciertos de ABBA, o incluso robots, pero siempre habrá gente que necesite compartir ese momento real con otros. Por eso, los que tocamos en directo no creo que debamos preocuparnos demasiado.
Una de tus nuevas canciones, “Joy”, recoge precisamente esa idea: el disfrute de la música como fin último. Además, tiene una influencia muy clara de la música brasileña.
Sí, los acordes son muy de bossa nova y es una pieza clave. Quería que tuviera una letra poética, cargada de metáforas, pero que al final cerrará el álbum con una idea muy sencilla: que no importa lo que pase, al final solo somos monos a los que les gusta cantar.
Es algo constante en tu escritura: tienes la capacidad de tratar temas complejos y hacerlos fáciles de entender. Pero, sobre todo, siempre dejas un halo de esperanza; nunca te quedas en la resignación o el enfado.
Pienso mucho en eso, especialmente por mis hijos. Cuando intentas explicarles temas difíciles, como la guerra, siempre buscas incluir algo positivo, una forma de terminar bien o de darles esperanza. Con mis discos pasa algo parecido. Si voy a cantar sobre temas existenciales o dramáticos, quiero que el final sea aliviador.
También busco el equilibrio: si trato cosas muy serias, necesito dejar espacio para otras que no lo son tanto. Por eso en este disco conviven canciones como “Pajarito”, dedicada a mi hijo, o “You and Me”, que es la más hippie, con otras como “Joy”, que sirve para cerrar ciertas temáticas. Creo que es un álbum en el que digo lo que quiero decir de forma bastante clara, sin esconderme tanto detrás de las metáforas.
Conviviendo además con otras como “Rawls Slöja”, donde cantas en sueco y hay una carga política muy fuerte.
Sí. Tanto “Rawls Slöja” como “Gymnasten” las escribí en sueco pensando precisamente en eso. Son canciones que pueden resultar muy confrontativas según quién las escuche. Como el sueco es mi lengua materna, lo uso de una forma muy cotidiana; me permite emplear palabras más directas, más conversacionales. Y ocurre algo interesante: como mucha gente fuera de aquí no entiende el idioma, pueden quedarse primero con la música y el sonido, sin verse golpeados directamente por el contenido.
En cuanto a las temáticas, uno de los ejes del disco es esa lucha contra el dogmatismo. “I Guess The Dying of the Light”, por ejemplo, parte de ideas del pensamiento ilustrado frente a ideologías patriarcales. “Rawls Slöja” también va por ahí. Me inspiré en las murder ballads, esas canciones tradicionales que narran historias terribles. Quería escribir algo casi desde un punto de vista histórico: cada verso habla de una mujer distinta y, finalmente, aparece un quinto verso con otra mujer que intenta justificar esos hechos. Ahí es donde entra mi crítica al relativismo moral: esa manía de hacer malabares argumentativos para llevarlo todo a un nivel absurdo. Por eso la imagen de la canción va creciendo y volviéndose cada vez más extrema, casi sobrehumana, hasta terminar en algo completamente exagerado… como subirse a un tigre y salir volando.
Justamente leía que “Rawls Slöja” se inspira en el concepto del “velo de la ignorancia” de John Rawls. Además, es una canción con una dimensión muy cinematográfica; es muy fácil de visualizar.
Sí, es un estilo que no había explorado a fondo hasta ahora. Lo había intentado en otros momentos, pero diría que es la primera vez que escribo algo así de forma tan clara. Fue, en parte, un experimento. También hay influencias de artistas que me gustan mucho, como The Van Pelt o James Georgetown. Y para esa parte final, la de la secuencia de la «gimnasia mental», empecé a usar inteligencia artificial para ayudarme con el texto. Fue la primera vez que la utilicé de esa manera en una letra.
¿Y qué tal la experiencia? ¿Cómo te has sentido trabajando con esas herramientas?
Fue bien. Utilicé ChatGPT 4.0; tuve que sacar varias versiones y editar bastante, pero me resultó muy útil. Luego probé con la versión 4.5 para trabajar en “Joy” y fue una revelación. Ya tenía la melodía, sabía cuántas palabras necesitaba, el número de sílabas y dónde quería que cayera la rima. Le indicaba: «el primer verso sobre esto, el segundo sobre esto otro…», y de repente me devolvía cinco opciones que respetaban la métrica, la rima y, sobre todo, el sentimiento. Fue sorprendente. Por un lado me emocionó, pero por otro… también me asustó un poco.
En el disco también planteas los límites de esa inteligencia.
Sí, más que miedo era la conciencia de que esto es solo el principio; en unos años será mucho más potente. Para mí era importante ser coherente: si voy a ser crítico o estar alerta ante los riesgos de la IA, también quiero mostrar que no todo es negativo. Estoy convencido de que ayudará en temas de salud, de coordinación o para entender mejor el mundo. Por eso quise usarla para las letras. Y me gustó el resultado porque todavía no es tan buena como para copiarla sin más. Podría hacerlo y sonaría bien, pero no sería yo. Así que la utilicé como un asistente, como un borrador. Generé unos veinte textos, fui seleccionando lo que más me interesaba y lo mezclé con mis propias partes.
Hay algo que siempre me interesa: el lugar desde el que se compone. ¿Cómo es en tu caso?
Es muy doméstico. Tengo un estudio, pero cuando estoy escribiendo lo hago sobre todo en casa, muchas veces en la cocina. Vivimos en un apartamento donde no tengo un escritorio propio, así que uso los espacios donde no molesto a nadie. Suele ser por la noche, cuando los demás están durmiendo.
Luego, cuando paso a grabar y a pulir los detalles finales, sí me voy al estudio. Es un entorno muy controlado, revestido de madera y sin altavoces, donde sé que no voy a molestar ni a ser interrumpido. Tengo el micrófono siempre listo para grabar en cualquier momento. Eso me da continuidad: puedo grabar algo hoy y retomarlo una semana después sabiendo que el sonido será exactamente el mismo.
Además, vivo en Gotemburgo, que está lleno de parques. Mi estudio está justo al otro lado de uno de ellos, así que me gusta grabar y luego salir a caminar o correr mientras escucho las maquetas o algún audiolibro. Ese movimiento forma parte de mi proceso.
Me interesa también cómo dejas reposar las canciones, ese trabajo con las distintas versiones hasta llegar a la definitiva.
Dedico muchísimo tiempo a escuchar mis propias grabaciones. No es porque me encantan, sino porque soy muy analítico. Mi método se basa en las iteraciones: grabar, volver a grabar, ajustar… Al principio todo nace de forma muy simple, con una nota de voz en el teléfono. Cuando una idea funciona ahí, cuando se siente sólida en ese formato tan básico, es cuando me la llevo al estudio para terminar de desarrollarla.
En este disco la influencia de la música del Sahel y del desert blues está mucho más presente; algo que ya asomaba en tus trabajos anteriores, pero que aquí destaca en temas como “Perfect Storm” o “Forever It Takes”. He leído que ese interés también viene de tu etapa como DJ. ¿Cómo nace realmente esa conexión y cómo ha calado en tu forma de componer?
Sí, allá por 2007 empecé a escuchar a Ali Farka Touré, Amadou & Mariam, Tinariwen o Bombino. Me fascinaron de inmediato; de hecho, ya fueron parte de la inspiración para un par de canciones de mi segundo disco.
Lo de pinchar vino un poco después. De vez en cuando me pedían sesiones y, aunque nunca he sido un gran coleccionista de álbumes, sí que armaba mis propias playlists. Solía incluir mucha música africana: cosas como Congotronics, highlife o sonidos del Sahel. Además, he tenido la suerte de tocar con músicos de la región: hice una pequeña gira con Sidi Touré, coincidí con Tinariwen en Estocolmo y, recientemente, he estado en el estudio con Bombino.:
Hace ya un poco charlé con Bombino y lo que no sabía es que “El Valle”, de tu disco anterior, surgió precisamente de una jam con él.
Sí, exacto. Tuvimos una jam session muy bonita que, más que dar lugar a una canción cerrada, fue una fuente de inspiración pura. No salió de ahí como un «producto» directo, pero sí influyó decisivamente en cómo terminé desarrollando el concepto.
Ha sido un placer, José. Para terminar, una pregunta más filosófica: ¿qué significa la música para ti?
Yo veo todo lo que tiene que ver con el ser humano a través del prisma de la evolución. Para mí, la música es una curiosidad magnífica. Somos seres a los que nos atraen cosas distintas por motivos diversos: algunas, como el gusto por lo dulce, tienen una base biológica clara relacionada con la energía y nuestro pasado en África.
Pero otras tienen más que ver con la evolución cultural, con lo que vamos aprendiendo y construyendo. Por eso no todo es biología; la cultura es esencial. En ese sentido, la música me parece un resultado increíble de todo ese proceso. Es algo fascinante sobre lo que se podría hablar horas.
Escucha ‘Against the Dying of the Light’ de José González