Desde luego, lo que uno no puede esperar de un concierto de Alfileres afilados es que suenen como en sus discos. Todas esas capas de mugre que, por elección propia, suenan sobre sus composiciones, evidentemente no suenan aquí. Es lo que tiene el Lo-fi, la querencia por grabar de forma casera y con un material muy, pero que muy vintage. Todo eso, en una sala, será otra cosa. Ni mejor ni peor, otra cosa.
Kai Slaterun chaval de Chicago con un sorprendente parecido al Johnny Truenos de los primeros Muñecas de Nueva Yorklleva tres pequeñas joyas en formato larga duración grabadas en su dormitorio con sus manitas y con ayuda de un boombox y una tascam 688. Y como ya dije en mi reseña de su último álbum, el gran Globo Globo Globoasí logra sonar como si alguien hubiera descubierto en el desván las cintas de los ensayos de la mejor banda de garage-folk rock de los sesenta, a quien nadie, hasta ahora, había tenido el placer de conocer.

Pero eso es lo que hace sólo. Evidentemente, unas canciones tan potentes no las puede llevar por ahí en plan Juan Palomo, así que emplea ayuda. Pero no, esto no es “Kai Slater y los que le acompañan”. En directo Alfileres afilados se convierten en una banda. Y sus canciones, sin dejar de ser las mismas, se trasladan a otro universo. El de la potencia, el nervio y el volumen.
Junto a Kai en Alfileres afilados están el bajista joe vidrio y el batería Peter platillo. Ambos son viejos amigos de Kai, muy destacados partícipes de la actual escena underground de Chicago, ambos tienen sus proyectos en solitario (José acaba de sacar disco en el sello de Kai) y ambos hacen unos coros que le quitan a uno el sentido. Kai los denomina “los jóvenes freakbeats de America” y tiene toda la razón del mundo. Son unos monstruosél incluido. Y a mucha honra.

De hecho, no sé si Kai ha leído se asustael excelente libro de Lucas Hainespero esa idea del “orgullo freak” en la música, que es básicamente el postulado del volumen, parece ser el leitmotiv de este trío. Así lo demostró ayer Pizarrerodurante su actuación en Valenciacuando nos preguntó al público si habían muchos monstruos en Valencia. Muchos respondimos que sí con orgullo, por supuesto ¿Quién no va a querer ser freak?
Era su segunda visita a la ciudad del Pavo. La primera había contado con la presencia de unas 20 personas. 20 personas que salieron boquiabiertas del concierto y que corrieron lo suficiente la voz como para que una tarde del peor invierno que se recuerda en la ciudad con partido de fútbol masivo de por medio la sala 16 toneladas apareciera prácticamente llena y expectante. Típico concierto al que “hay que ir”. Estaba todo el mundo del música. O casi.

Los chavales no se hicieron esperar, que les queda mucho camino por recorrer en España y Europa y hay que acostarse pronto. Aunque eso no mermó, ni mucho menos, su actitud. Una actitud pletórica, cómo iba a ser de otro modo cuando ninguno de ellos pasa de los 23 años. Vestimenta entre beat, psicodélica y glam, maquillaje en la cara imberbe de alguno y ganas de comérselo todo crudo. Estaban tan entusiasmados que al pobre Pizarrero le falló el sonido de la guitarra y tuvo que parar. Curioso que la canción que estaban tocando se titula precisamente “I can’t stop”…
Pero empezaron de nuevo y todo cuadró. El trío suena como un cañón. Todo a mucho volumen, sí, todo un poco saturado, sí, pero cómo suenan. Y cuando hacen coros armonizando los tres… guau. No paran ni para decir hola. Saltos, posturas rockeras que a cualquier otro le quedarían ridículas, pero a ellos les sobra Fríoel batería que lo mismo toca como Keith Lunaque se levanta e imita a Moe Tuckertodo es espontáneo, brillante, con un talento que te estalla en la cara.

Y qué canciones. Que Kai sea tan buen compositor siendo tan joven da que pensar en un futuro que no conocerá límites. De momento, cuenta con un repertorio propio que ya quisieran para sí artistas consagrados. Aunque eso sí, recurre a un par de sabias revisiones para enervar un poco más al público: nada menos que el soberbio “She don’t care about time” que Gene Clark escribiera para sus Byrdsy un incendiario “Substitute” de los OMS para acabar. Pero eso es, digamos, la propina.
Lo importante es que el repertorio que ha ido inundando sus tres álbumes suena en directo como si de clásicos se tratara. Maravillas beat como “I don’t have the heart”, píldoras psicodélicas como “All the prefabs”, el pop poderoso de “Ex-priest” o “Fall in love again”, excelsas incursiones en el jangle como, “Everytime I hear”, “Popafangout”, o “(In a while) you’ll be mine”, o incluso alguna incursión en el punk como una “Is it better” que sonó especialmente furiosa, precediendo al mencionado “Substitute”, que fue un remate de faena realmente inteligente. Nadie, nadie, quedó escéptico ante semejante despliegue de guitarras, juventud y actitud rock. Un rock del que hemos certificado la muerte ya varias veces, pero joder, se niega a quedarse en el hoyo.
Fotos Alfileres afilados: Susana Godoy