¿El disco más esperado del verano? ¿Del año? Me inclinaría más por lo segundo. Pocas bandas armadas con guitarras levantan más revuelo que la formada por estos cuatro chavales que representan esa nueva juventud del Dublín y la Irlanda paradisíaca y con paro cero que hoy es la envidia de Europa. Con Fuentes de corriente continuala clave nunca ha estado en la mala hostia por el brexit, por tanto, ni nada por el estilo, pero sí en las ideas, frescas y buenas. De eso van sobrados y por ello llevan siendo la banda del momento casi desde que publicaron su primer single.
De hecho, se han convertido en tan, tan, referencia, que ya he detectado hasta pre-cheerismo en redes cuando su último disco lleva tan sólo publicado unas horas y, obviamente, a nadie ha podido darle tiempo a escucharlo como es debido. De hecho, todos esos “jeiters” dudo que lo hagan: les basta con odiarlo y ya está. Y es que así está el mundo.
Pero el caso es que a mi, que nunca es que me hayan parecido la última coca cola del desierto, sí que me ha gustado lo último que han hecho. En ese sentido, soy un oído “virgen” que sí, ha escuchado alguno de los discos anteriores del quinteto, pero sin perder el sentido, y, sin embargo, algo ha hecho “click” en mi cabeza cuando he escuchado estas canciones. Sobre todo, porque me parecen fruto de una evolución muy, pero que muy valiente. Y lo más importante: son muy buenas. Joder ya.
Como suele ser la tónica general, Fuentes de corriente continua nacieron en medio de un vendaval producido por la enésima recuperación de sonidos post-punk. Un vendaval que hace ya mucho tiempo (quien no quiera enterarse, que no se entere) que dejó de mover nada y que está ya más viejo y agotado que la moto de un jipi. Pero, casi desde el primer momento, ellos tuvieron algo que les diferenciaba. Ese “je ne sais quoi” que tienen sólo los verdaderos artistas, los que llegan más allá del mero bombo publicitario. Lo tenían Difuminarlo tenían Cabeza de radiolo tenían (algo) los Monos árticos. Y ahora lo tienen ellos. Sin comparar, eh.
La proyección de su música hacia otros estadios desde Perro de caza (2019), con su nervio guitarrero, hasta hijo de flaco (2022), pasando por La muerte de un héroe (2020), les ha situado como una de esas bandas que sabe manejar el timón de los tiempos; que no es que adivine, sino que tiene la llave de lo que va a ser lo siguiente en ocurrir. Y eso en tan sólo cuatro años, pandemias mediante. Me parece que no son cualquiera.
Dicho esto, vamos con romancesu nuevo disco. Un trabajo que representa su primera referencia en Grabaciones XLuna de las indies más importantes ahora mismo, tras su salida de Registros partidistas. Está, además, producido por James Fordconocido por su labor especializada en actos pop, de la altura de Jessie Ware, Los chicos de la tienda de mascotas, Jaima o Modo Depeche. Hay, evidentemente, una sombra de ruptura con todo lo anterior. Y eso ha quedado patente en un álbum cuyo título, además de ser el de una de las canciones, no es en absoluto baladí. El romance trae eso: sensaciones bonitas. que en términos musicales se traducen en melodía, colorido, sensibilidad. Pastel, que dirían algunos.
Y no, no es exactamente eso lo que hay aquí, pero sí que apunta en esa dirección. Y se distancia, por tanto, mucho de lo anterior, que era más producto de una visceralidad, seguramente canalizada por la testosterona propia de la juventud, mucho más guitarrera. Aquí, de repente, hay más de todo: más color, más melodía, más mezcla. Y, si me apuran, más canciones.
Cualquiera lo diría, eso de la melodía, cuando comienza el disco y suena la canción titular, que de los tópicos del romance, contiene bien pocos. Una canción que más bien reivindica la etapa más oscura de Siouxsie y las Banshees o Modo Depeche (los de Celebración negra) y que comienza con la frase “Into the darkness again”. Suena agónica, claustrofóbica, pero no se dejen engañar: llega el que fue el primer single de adelanto del disco. Un “Cazador de estrellas” que juega a no olvidar el pasado de la banda, pero va dando unos apuntes de evolución que pasan, incluso, por un fraseo, en la voz del cantante, Grian Chattenque tiene más que ver con el hip hop que con el pop.
Y, en todo caso, se trata de un single espectacular, todo un petardazo. Con un estribillo totalmente inapelable, que no es un caso aislado, además, en un disco que apuesta sobre todo por las canciones. Así queda patente, de nuevo, en la siguiente “Here ‘s the thing”, otro de los adelantos, que es la que pone la melodía en primer plano. Con guitarras, sí, pero con muchas otras texturas además de esa que aportan riqueza y sonido a lo grande. Lo mismo ocurre con “Desire”, algo parecido a una balada, o “In the modern world”, con unos arreglos de cuerda exuberantes en apoyo a una canción cuya épica romántica roza una comercialidad que ya nada en absoluto tiene que ver con el punk, no digamos ya con el post punk…
Muchas y muchos criticarán, por tanto, este giro hacia lo estándar de una banda que, por otro lado, nunca ha pretendido hacer otra cosa que lo que le dé la gana, pero me parece que temas tan incontestables como “Bug”, “Sundowner”, “Death Fink” o ese final por todo lo alto que se marcan con “Favourite”, hablan por sí solos. Han hecho un disco perfecto, que aguanta escucha tras escucha sin agotar un talento que lo es por derecho propio. Y con el que no inventan la rueda, no, pero da gusto escuchar a grupos jóvenes, como ellos o, se me ocurren, Ley de patioque saben ver más allá de sus narices y por eso entregan obras refrescantes, inspiradoras y garantes de un futuro medianamente saneado para esto ya tan maltrecho del indie rock.
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